Murciélago herido

Quiso tenerle cerca desde que comenzó a sentir que sus alas cobraban vida propia. La noche nunca fue tan día hasta que volaron juntos mirando las estrellas, que tras distinguir su existencia eran utilizadas para sus propias constelaciones llenas de odio, muerte y destrucción. En algún momento Blood creyó ver cuerpos celestes en forma de corazón, fue entonces que descubrió eso denominado amor. Por lo que casi de inmediato modificó lo que irrisoriamente le había deslumbrado, a lo que posteriormente transformó en un corazón roto, con sentimientos enmarañados que se destruyen por la violencia más mundana. Aquello lo tranquilizó por unos instantes, lo suficiente para continuar pretendiendo que dentro de sí no había modificación alguna de sus intachables ideales que predominan en el mundo arromántico creado por él.

En una de las tantas noches, hubo cierta reunión de murciélagos en el cementerio Clemencia. Blood, como de costumbre llegó terriblemente tarde, aunque por vez primera llevaba consigo una impuntualidad justificada, puesto que estaba decidido a emitir su chillido más molesto dando a entender sus sentimientos. Estos irían acompañados de sacrificios animales frente a los ojos de su amada con el afán de dejarla perpleja ante tal muestra de admiración.

–¿Qué estás haciendo, Blood?– chilló la condenada con la vergüenza en las mejillas.

–Ya sabes, todo esto y más haría por ti– replicó el murciélago invadido por impulsos atolondrados de enamoramiento clandestino.

Fue entonces que este se percató del contexto que abarcaba la ceremonia en cuestión. El entorno lleno de rosas negras, y tras las alas de quién pretendía ser su sueño, ya era el sueño de alguien más. A su lado, contemplando todo con sonrisa de lado a lado, (completamente irónica) quien le acompañaría por el resto de su vida.

–Se supone que no tienes emociones, Blood. ¿O me equivoco?– Intentó entender el femenino animal con tales palabras que atormentaban el pequeño corazón de su antiguo compañero.

Con la humillación de su parte, el joven murciélago sintió el peso del mundo sobre sus febriles alas, y se dispuso a iniciar un vuelo de auxilio sentimental por al menos, un largo tiempo.

–¿Cómo es posible que esté con alguien más? –pensó mientras huía perplejo del lugar–. Los mataré a todos, eso les enseñará a no meterse conmigo nunca más… Sí, y además escupiré sobre sus tumbas. Aunque me temo que no será suficiente, puesto que aun así ella no me amará.

Casi pudo sentir como se desangraba por dentro, se aseguró de alcanzar la nube más alta posible para luego dejarse caer por el resto de la eternidad sublime de los murciélagos heridos.

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