Vehículo infernal

Ajustó su chaqueta de cuero rosa y le añadió algunas cuentas brillantes.

–¿Real?– preguntó Pendeja mientras bajaba sus ray ban para contemplar mejor el panorama.

–Yo no te digo nada por esas desdichadas ojeras que traes con tu intento de gótica– replicó Pendejo.

Al terminar de modificar sus atuendos ochenteros versión party time, se encaminaron al auto que sus padres le heredaron antes de morir en manos de un abominable cáncer pancreático.

–¿Por qué el viejo no nos dejaba usar esta belleza si conduzco tan bien?– pregunta Pendejo mientras conecta su smartphone vía bluetooh para escuchar algo de música electrónica.

–Mhh bueno, en primer lugar porque eres alcohólico, drogadicto, irresponsable, un hastío y en segundo lug…– su vómito verbal se detiene un par de segundos producto del brusco frenar vehicular–. ¡En segundo lugar no conduces bien!– finaliza Pendeja tras confirmar su sospecha inminente.

–¿Qué yo qué?– pregunta un tanto alterado y dramático el joven recién descrito–. Ridícula, tú no conduces ni tu vida y vienes a cuestionar cómo manejo yo–. Finaliza.

Era costumbre que los viernes usaran algo brillante para irse de juerga, pero evidentemente el rubio aquel exageró tal requisito como todo en la vida. Se dirigían a Forestcholi, que era una especie de local rústico con diversos ambientes, tanto para bailar como para deprimirse al compás de melancólicas melodías, mientras se drogan desenfrenadamente a causa de un desamor. Al llegar a su destino, como de costumbre, pidieron el trago de la casa y se dispusieron a entregar sus pulmones a los diversos tóxicos que almacena un cigarrillo promedio. Luego, la música más movida provocó que sacudieran el cuerpo lo suficiente para que el sudor se apoderara de la pendeja huérfana.

–Te lo juro que no puedo más– escupió al borde de la asfixia danzarina, mientras se secaba el sudor con su falda negra.

–Uff, ¿real?– respondió Pendejo con determinada ausencia de sudor, lo que demostró que, a diferencia de ella, él sí podía más.

Pendeja se sintió algo desequilibrada, tal vez por no haber comido nada en todo el día, quizá por el cóctel de píldoras que consume a diario para tolerar a los demonios que le atormentan a menudo o simplemente por todo lo anterior y mucho más. Fue al baño en busca de un reflejo de autoayuda, es decir, espejos. Se miró y gritó: ¡NO ME AFECTA! ¡NO LO AMO! ¡ESTOY BIEN! ¡NO LOS EXTRAÑO! y nuevamente: ¡ESTOY BIEN! Respiró profundamente, bebió un poco de agua del lavabo y reprimió cualquier tipo de ira naciendo desde sus recuerdos más dolorosos. Salió radiante en busca de su hermano bailarín para fumar un poco de yerba.

–Aquí estamos otra vez, la droga, tú y yo mi querido hermano– señaló la pendeja herida, la pendeja drogada.

–¿Qué? ¿Ya empezó la flaca profunda? Es su hora y de pronto no me di cuenta, al parecer– replicó su hermano con tono burlesco–. Aquí estamos otra vez, honey, y parece que estamos donde debemos estar. O al menos lo estaré cuando tenga un hombre bailándome, así que muévete, drogadicta.

Al caer las 3 a.m. ambos estaban con el deseo de entregarse a los brazos de Morfeo, y por más que buscaban su auto en el estacionamiento, no lo encontraban.

–Cállate estúpido, como siempre es tu culpa por ser tan irresponsable y mi culpa por confiar en ti– impone Pendeja muy molesta y sorprendida al ver que su hermano tenía la mirada perdida, en vez de prestarle atención–. ¿Me estás escuchando o qué?

–Ay no, ¿me explicas que esté estacionado al frente del estacionamiento?– responde confuso su hermano con tal descubrimiento.

Ingresan al vehículo con más inseguridad que ganas de vivir, un tanto ebrios y cansados del día. Le echan la culpa a las drogas por el extraño suceso anterior, para finalmente ir por comida antes de dormir.

Todo iba de maravilla, dentro de cómo les puede ir a un par de huérfanos ebrios. Hasta que intentan salir del automóvil, sin poder conseguirlo.

–Pero, ¿qué mierda pasa aquí?– interviene uno de los dos, completamente perdido.

Al intentar sacar las llaves de su medio de transporte, este comienza un recorrido automático y a toda velocidad, se pasa un par de rojos y se detiene con cautela frente a un acantilado. Se reproduce una grabación: “¿cómo es que creyeron que les dejaría ocupar mi automóvil? Par de accidentes, les comento que tendrán su accidente final”. La grabación se detiene, dentro del vehículo yacen llamas vivas que contemplan su muerte infernal.

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