El sapo incompleto

Se dirigió indignada a la tienda china que iba regularmente en compañía de su dulce abuelita solicitando que le cambiaran el sapo.

–Vengo a que me cambien el sapo–le dijo la pendeja al chino que sabe más español que cualquier haitiano promedio.

–¿Qué le pasa a su sapito?–respondió este con suma extrañeza en su rostro.

Le hizo esperar cien años de soledad para atender su emergencia, no podía creer semejante falta de respeto. Tenía el sapo en paupérrimas condiciones, con piezas restantes, un tanto vacío si se puede agregar las características principales.

El resto de la gente le miraba el sapo cuestionando la dimensión de su emergencia, sin embargo, uno que otro le cedía el paso que el chino rechazaba por estar más interesado en atender la caja que un sapo malherido.

–¿Me va a cambiar el sapo o no? Que estoy apurá’–agregó tras 15 minutos con el sapo en la mano.

–Señolita, tiene que esperar que atienda al resto que quiele comprar–replicó el chino tan serio como cualquier chino signo peso.

La pendeja, urgida, se dispuso a refunfuñar por la espera eterna que no suele tolerar de fácil manera. Los compradores, confundidos, preferían que atendieran su sapo antes de seguir escuchando tanta barbaridad junta que subyace de una joven molesta ante su desdichada vida.

–Paseme su sapo pala vel que tiene–dijo al fin el chino corretiao’.

–Ya era hora de que me viera el sapo pue’, mire que viene sin hélice el ventilador este, sin cable mancima. ¿Así cómo se supone que lo voy a cargar pa’ que me airee el sapo biológico?–contestó la pendeja intentando ser partícipe de una conversación seria cuando la situación era más que chiste.

El chino no entendía la razón hilarante que convocaba las risas del público en general, por lo que se dispuso a revisar el sapo para confirmar lo que la pendeja le decía. Efectivamente, faltaban piezas y las que existían, no lucían de muy buen aspecto. Le ordenó a la joven enfadada que fuera en busca de otro sapo para hacer el cambio de regalo y para que de una vez por todas, dejara de quejarse tanto.

–¡Media hora esperando que me cambien el sapo y más encima tengo que ir a buscarlo yo! Esto es inaudito, les damos pega a estos chinos y nos tratan como las güifas, mi mamá tenía razón, weón— se inventó un personaje xenofóbico para generar el drama necesario de una pendeja histérica con el sapo incompleto.

Tras efectuar el cambio, la chica comprendió que la enseñanza del día traía consigo un mensaje de revisar siempre el sapo antes de regalarlo, mostrarlo, e incluso ocuparlo.

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