Enfermedad

—¡Ándate!—exclamó la pendeja, intentando no romper en llanto—. Ella no volvió atrás, pero alcanzó a distinguir que su enano se detuvo con la nostalgia naciendo en sus ojos. Casi de inmediato comenzó el fluir de sus lágrimas, congruente con la pena e ira del maltrato verbal que le propinaron.

¿Cómo destruir el reciente logro de autoestima en un par de segundos?

Fácil, primero: dejar de cuestionar el motivo por el cual la pendeja no quería estar rodeada de personas, mientras esta oculta las cicatrices de su brazo cada vez que ve a alguien pasar.

Segundo: recordarle lo enferma que está llamándola bipolar, border, inestable, etc.

Y tercero, pero no menos importante: humillarle sin escrúpulos gritándole cagá de la cabeza en medio de la gente, dejando a todas luces lo enferma que está y que sobre todo ahora se siente.

Cierra los ojos lentamente y puede percibir sus gratificantes brazos, uniendo todos los trozos de su corazón. Es él, su vida, quien tiene aroma al amor eterno, el cual quisiera que estuviera con ella en todo momento hasta el fin de los tiempos. Él podría estar a su lado y ella no se sentiría de esa manera, la pendeja no estaría así: enferma.

El club de las suicidas

—Estoy recién comenzando a querer vivir—mencionó la pendeja al mirar su cigarrillo, mientras la ceniza caía en la baldosa del baño.

—Es un avance—respondió la suicida uno, quien entonces era una nueva paciente trasladada de la UPA por reiterados intentos de suicidio.

El humo de los cigarrillos consumidos se contemplaba casi tapando toda vista posible. Como la ventana del baño, de la cual se distinguía un radiante sol afuera, por fortuna. Aunque tampoco podía tener mucho beneficio para las pacientes que el sol vistiera de traje tan brillante, porque siempre se está igual aquí dentro, en el corazón. Siempre se está melancólico , se está con ganas de nada, con un quiero irme de aquí entre los labios, queriendo salir a gritos.

De todas formas, el día fue un poco diferente ya que el cigarrillo de las 10:50 tuvo la suerte de ser consumido en el pequeño patio que ofrece el hospital psiquiátrico de Concepción. Con su banca al sol y sus sillas bajo la sombra, grandes lujos, pensó la pendeja en un ademán sarcástico mientras sostenía el segundo mata pulmones del día. Sintió la frescura de la mañana y respiró aire puro, consciente de que aquel privilegio no lo tendría todos los días.

—¿Y ese milagro que nos dejaron fumar afuera?—preguntó una de las pacientes amigas.

—Aprovechen que esto no es de todos los días—respondió la pendeja. De seguro los paramédicos recibieron un gran golpe en la cabeza esta mañana, pensó mientras fumaba con desesperación.

Un grupo de alumnas de enfermería se acercó a las fumadoras con una sonrisa más forzada que los barrotes de la ventana de una joven virgen. Una de ellas las invitó a participar en las actividades que harían, lo que básicamente consistía en dibujar y pintar. Eso está bien para un niño o para retrasadas mentales, pero no para el club de las suicidas. Ninguna de las jóvenes pacientes se animó con la idea, además la pendeja no creyó que esas sonrisas fueran legales, o lo suficientemente creíbles para hacer un esfuerzo y participar en la actividad más creativa del universo. Sin embargo, unas ínfimas ganas se asomaban, ya que al fin y al cabo en un lugar como ese no hay mucho que hacer, y de todas formas el dibujo es otro puente a lo imaginario, donde no se está encerrada, donde la pendeja no existe, sino que es la historia de alguien más. De seguro es la historia de un alma libre, que controla sus emociones de la forma correcta y logra así alcanzar la felicidad.

La pendeja fue en busca del libro que estaba leyendo de momento, porque sería grato leer al aire libre. Además, su mp3 tenía la batería suficiente para disfrutar del ambiente escuchando buena música. Buscó entre las canciones Where is my mind dado que el ritmo era perfecto para la lectura de ciencia ficción y se dispuso a escapar de su realidad, sumergiéndose en la historia del pistolero, finalizando el último capítulo y, a su vez, el libro en cuestión.

La Suicida número uno, tenía este lugar por el mayor intento de pasar al patio de los callaos. Perdió a sus dos hijos tras una batalla con la droga y los trastornos que se asocian a un ambiente de aquellos. Los pequeños fueron enviados al SENAME como tantos niños que se escapan de una familia disfuncional para aparecer en un escenario igual o peor, pero sin la parte de familia. Según comenta la suicida uno, sus bendiciones se encuentran ahora en un lugar mejor que sus brazos mal heridos, en un hogar menos hacinado que los demás y con criaturas con edades que no sobrepasan los 10 años. Por lo que la intranquilidad de la joven madre no es descomunal, no obstante, ¿quién no querría la muerte tras perder a los únicos seres humanos que tienes como razón de existir? La situación es compleja para cada una de las pacientes, aunque tolerable para quienes no escuchan voces o sufren de alucinaciones de vez en vez.

La suicida número dos lleva precisamente dos intentos suicida. Se trata de nada más y nada menos que de la pendeja con su máxima audestrucción, quién no perdió hijos porque carece de ellos, pero tiene dos hermanos menores que necesitan de la faceta maternal que ella les supo ofrecer. No tuvo un novio canalla que le cagó la vida, o que la agredió física y psicológicamente, pero sí le rompió el corazón en reiteradas ocasiones, jodiendo cada vez más su mente perturbada por la inestabilidad de sus emociones. La pendeja no era drogadicta, ya que no dependía tanto de las drogas como los adictos que algún día conoció, y aunque hubo consumo en más de una ocasión, no fue excesivo. Solo fue para escapar un poco de la mierda masiva que se acumula en la mente de los desdichados, de los que ya no saben cómo diablos estar bien. Por otro lado, la pendeja sí era un poco alcohólica, un poco harto si lo que quieren es honestidad. Ella misma se dio cuenta de esta situación cuando se vio ingiriendo destilados en compañía de nada más y nada menos que la soledad. Embriagándose porque no existía otra opción en su cabeza, porque el dolor del alma amenazaba con todos los recursos de estabilidad que alguna vez tuvo, intentando ocultarlo con el ardor estomacal que se percibe tras cada bocanada de alcohol que se obligaba exhaustivamente a ingerir.

La suicida número tres queda para el final porque es la que menos dañada se ve. También llamada Evasiva porque normalmente evade todo tipo de responsabilidad: ¿se encuentra gorda? evade comida, ¿necesita consuelo? evade personas, ¿cree que el tratamiento es una porquería? evade fármacos y especialistas que no la hacen sentir especial. Se desconoce la cifra real de sus intentos suicidas, pero ocasiona un daño constante hacia ella misma, ¿acaso no es lo mismo?

La Evasiva es una de las más temerosas respecto a qué le espera allá afuera, suele querer irse todo el tiempo del lugar, ¿y quién no? Pero a la vez tiene miedo de no estar lo suficientemente lista para abandonar su zona de confort y, por supuesto, sobrevivir sin las personas que más la comprenden, sin el club de las suicidas.

Primer soneto de la melancolía

Quise adivinar el sabor de sus labios, porque de alguna forma pensé que no los volvería a percibir en toda mi vida. Descubrí que era indescriptible el sabor, no así la sensación; llegaba de lo más recóndito un amargo veneno, lleno de angustia y de intranquilidad, salía de pronto una sensación a enamoramiento del que una siente cuando cabra chica, de ese inocente enamoramiento que nunca tiende a disminuir, que nunca piensas que te hará sufrir, o quizá y lo sabes, pero te resignas a hacerte don quijote con toda la jodida valentía que pueda existir. Que mentira más grande, decir que lo amas cuando no te amas ni a ti misma, pero que mentira más grande, sentir que eres feliz cuando estás llena de miedo.

Luego quise adivinar el color de sus ojos, y de pronto no lo quise más, porque no era necesaria dicha información, no era necesario sucumbir a tan masoquista dolor, no así su mirada, que de mí ya no hay más nada cuando presencio dicho fenómeno en cuestión, es hora de dejarlo me susurré despacito, es hora de dejar que los demás lo contemplen y se enamoren también, ya mucho amor sentiste y tú sabes que no te hace bien, pequeña sabandija, tú no lo mereces a él.

Me quedé sosegada en cada momento, ese que vivía despierta y dormida, comencé a imaginarme sus brazos, apretujándome como a ninguna, me inventé que yo siempre fui la más especial, sabiendo incluso, que fui la más jodida, me perdí ahí entre tanto desorden, ese que salió despegando inminentemente de mi cabeza.

Rogué a los cielos una alucinación, que me permitiera escuchar tu voz, que cada melodía proveniente de tu boca, me acariciara sin condición. Las cuerdas vocales que ahí guardabas, eran magia de la pura, porque creaban gran bellos trucos para mi desorientación, ¿cuántos hechizos memorizaste? ¿cuántas verdades tu corazón ocultó?